Crónicas de Pubenza: Entre el Talco, el Llanto y una Corona con Dueña “Autónoma”
Mientras Popayán se sacude el guayabo de fin de año y se prepara para quedar blanca de talco y carioca, hay un lugar donde no reina la alegría, sino la incertidumbre y, digámoslo claro, la “dedocracia”.
Por: Armando Meléndez el periodista mejor dateado de Colombia
Y no, no hablo de la gestión administrativa de turno, sino de ese sagrado (y a veces macabro) ritual de enero: El Reinado de las Fiestas de Pubenza.
Resulta que, mientras usted busca sus gafas viejas para que no le caiga espuma en los ojos, a mi buzón “interno” llegó un mensaje. Una fuente anónima —de esas que no revelaremos ni aunque nos ofrezcan un puesto en la Alcaldía— me ha contactado para soltar una bomba que tiene el ambiente más caliente que el asfalto del Parque Caldas a mediodía.
Sencillo y doloroso: Al parecer, en este reinado no gana la más carismática, ni la que mejor baile el bambuco, ni la que más ame a Popayán. No, señores. Según mi fuente de alta fidelidad, el libreto ya está escrito, la obra ya tiene protagonista y las demás son simples extras de relleno.
Dicen las malas lenguas (que suelen ser las más acertadas) que la corona ya tiene nombre y apellido grabado en oro: Sofía Torres.
¿Y quién es ella?, preguntará el incauto turista. Pues nada más y nada menos que la hija de los dueños de la Universidad Autónoma. Pero ojo, que el favoritismo no viene solo por el “prestigio” académico o el apellido. Mi fuente asegura que el verdadero motor detrás de esta “crónica de una corona anunciada” es un padrino —o mejor dicho, una madrina— de mucho peso político: la candidata es la protegida de la hija del mismísimo Alcalde.
¡Vaya, vaya! Parece que en Pubenza la monarquía es absoluta y hereditaria.
La situación es tan descarada que el ambiente tras bambalinas no huele a laca y perfume, sino a injusticia. Me cuentan que la candidata de Ciudad Andina, más viva que todos nosotros, ya hizo las maletas y se retiró. “Para qué gastar tacón en un piso que ya está inclinado”, habrá pensado. Y tiene razón.
Pero lo que rompe el corazón —y debería dar vergüenza ajena a la organización— es la escena que se vivió ayer en el centro comercial Campanario. Mientras la gente compraba sus pintas para el desfile, varias candidatas no pudieron contener el llanto. Y no eran lágrimas de emoción por representar a sus barrios. Eran lágrimas de impotencia.
Allí vieron, entre sollozos, a la joven Sharit Villanueva, representante de Ciudad de las Tradiciones. Una niña que, como su barrio indica, venía con la tradición de competir limpiamente, pero se estrelló con la modernidad de la “rosca”. Ver a unas jovencitas llorando porque sienten que las están utilizando para legitimar la coronación de otra es el espectáculo más triste de estas fiestas.
Las otras niñas están que tiran la toalla. ¿Y quién las culpa? Nadie quiere ser el payaso en la fiesta del dueño del circo.
Señores organizadores, señores de la “aristocracia patoja”: El Reinado de Pubenza es del pueblo, de los barrios, de la gente de a pie que se goza sus carnavales. Si quieren regalarle una corona a la niña de la Autónoma o complacer los caprichos de la hija del mandatario, cómprenle una tiara en una joyería y ahórrennos el teatro.
Por ahora, queda la duda en el aire mezclada con la harina: ¿Tendremos reina o tendremos imposición? Lo único cierto es que, si esto sigue así, la única “autonomía” que veremos será la de la Universidad, porque la del jurado… esa parece que se fue de vacaciones.
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