La discusión sobre el futuro de la Plaza de Toros Santamaría de Bogotá se ha centrado en posiciones antagónicas sobre la tauromaquia, pero ha ignorado un elemento fundamental: la preservación arquitectónica de un bien de interés cultural construido en 1931 con estilo mudéjar, que es parte del patrimonio edificado de la ciudad y que merece protección independientemente del uso que se le dé.
Cuando el presidente Enrique Olaya Herrera inauguró la Plaza de Toros Santamaría el 20 de enero de 1931, Bogotá recibió mucho más que un escenario taurino. Recibió una joya arquitectónica de estilo mudéjar —con sus característicos arcos de herradura, azulejería y geometrías islámicas— que durante 94 años ha sido testigo de la historia cultural, política y social de Colombia.
El término “mudéjar” se refiere al arte desarrollado en la península ibérica por musulmanes que permanecieron en territorios cristianos entre los siglos XII y XVI. Se caracteriza por el uso de ladrillo, azulejos vidriados, arcos de herradura, yeserías y decoración geométrica.
La Santamaría, diseñada por el arquitecto español Santiago de la Mora y el ingeniero Pedro Pablo Rodríguez, es uno de los pocos ejemplos de arquitectura mudéjar civil en Colombia.
Este valor arquitectónico e histórico llevó a que la plaza fuera declarada Bien de Interés Cultural del Ámbito Distrital mediante Resolución 1678 de 2008 del entonces Ministerio de Cultura (hoy declaratoria bajo administración del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural – IDPC).
Esto significa que cualquier intervención arquitectónica debe contar con aprobación del Ministerio de Cultura y seguir protocolos estrictos de restauración patrimonial.
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